domingo, 22 de octubre de 2017

HISTORIAS PARA SOÑAR

Hola mis queridos lectores.  Empezaré este blog con una historia de amor.  Espero les guste.



AMOR EN EL INFRAMUNDO.


La soledad era tan abrumadora que para darse ánimos y salir de su casa tuvo que separarla con las manos, cual si fuera pesada telaraña, y despejar el camino hacia el pequeño y sórdido bar escondido en un rincón del vecindario.  Era la primera vez que se aventuraba a dejar el tibio nido para salir sola a un lugar público y la sensación de vacío invadió su vientre hasta el punto de que sintió ganas de retroceder y refugiarse de nuevo en su mullida y solitaria cama. Pero a pesar del vértigo creciente se obligó a seguir adelante, sin imaginar que esa noche cambiaría radicalmente su vida.  Al llegar al lugar, lo encontró en penumbras, con timidez saludó a la pequeña mujer que se ocultaba tras unos enormes lentes y atendía el bar, disimulando el fastidio que le producían sus escasos y poco adinerados clientes. Pidió una cerveza y se sentó en la barra a escuchar las viejas canciones que le traían gratos recuerdos de su lejana infancia.  Al filo de la media noche la invadió esa inconfundible sensación de que algo extraordinario estaba a punto de ocurrir.  Sus bellos y tristes ojos se dirigieron hacia la entrada lateral del bar y entonces todo el recinto se iluminó, o al menos eso sintió ella cuando vio al enorme espécimen humano que entraba con una cándida sonrisa y una mirada melancólica.

Se quedó mirándolo fijamente, valorando cada centímetro de su atractiva y poderosa anatomía.  De repente, sus ojos se encontraron y sin saber cómo se atrajeron, penetrando el alma del otro.  Cada uno vio lo que quiso, ella a un hermoso humano capaz de rescatarla de su insufrible soledad y él una presa fácil, ingenua e indefensa.  El hombre se acercó sigiloso y empezó su faena de conquistador redomado, yendo y viniendo, proponiendo y acariciando.  Ella tan tímida, tan tonta como adolescente tardía, cayó en sus redes, aunque resistió lo que más pudo, argumentó tener pareja, haber sido fiel durante largos años, tener hijos y ser una mujer con una imagen que cuidar.   Nada sirvió, poco a poco todas sus murallas fueron derribadas y aceptó los requerimientos del experimentado macho alfa.  A su favor, expondremos que no se entregó esa misma noche pero partió a su casa ya enamorada.  Esperó ansiosa la llamada del hermoso desconocido y cuando el milagro ocurrió le entregó su alma y vida.  Bastaron ocho días para que fuera ella quien lo invitara a entrar en su cuerpo, inició un desesperado acoso donde le rogó, le imploró que la hiciera suya, que la poseyera completamente.  Con miles de remilgos el hombre aceptó y se encontraron en un hotelucho de mala muerte situado en el centro de la vieja ciudad.  El lugar apestaba, le causaba pánico, era un cuchitril horrible pero ya fue incapaz de escapar.  Con disimulada ternura el hombre empezó a desnudarla pero ella tenía prisa por perderse en el laberinto tortuoso de sus bajas pasiones, así que ayudó en la tarea y se entregó con sumisión, pues no era muy diestra en las lides del amor físico.

Después de los primeros segundos, el hombre olvidó su ternura, su delicadeza e irrumpió en sus carnes con desmedida violencia, lo cual la asustó pero incapaz de resistirse, se entregó con tristeza, arrepentimiento y frustración.  Se dejó llevar por el hombre que parecía nunca terminar pues esperaba que ella llegara al climax, lo cual nunca ocurrió.  La poseyó incontables veces y de todas las formas imaginables, sin conseguir el tan anhelado orgasmo.  Exhausto se introdujo en el sucio cuarto de baño para darse una ducha caliente y la invitó a bañarse con él.  Se levantó temblorosa, exhausta por el violento encuentro y se dejó lavar la piel y el alma por el agua tibia, reparadora, que la acariciaba como consolándola.  En un arrebato de ternura, el hombre la abrazó, la acarició y lavó su cuerpo con delicadeza, casi con amor.  Esos hermosos instantes fueron eternos y ella se sumergió en su alma, dejándose arrastrar por las suaves ondas calientes que batían su cuerpo.  La poseyó de nuevo, con dulzura, besando su piel, sus ojos, sus labios, diciendo hermosas palabras en su oído.  La llevó a la cama y le dijo que jamás había tenido una mujer como ella en sus brazos, que la quería volver a ver pero sin compromiso.  Esas palabras sobraban, pues ella ya le pertenecía en cuerpo y alma, para siempre, desde siempre.

Sus encuentros fueron cada vez más frecuentes, violentos y placenteros.  El hombre manejó a su antojo los horarios, sitios y actividades.  Ella no entendía que la atraía tan insensatamente hacia  ese macho prepotente y ordinario que no había logrado proporcionarle ni un orgasmo, pero que la dominaba irremediablemente y se había robado su delicado corazón.  Era como si la necesidad de ser dominada por otro ser humano la poseyera, la hiciera extrañamente sumisa, a ella que era una majestuosa hembra, inalcanzable para cualquier hombre en el mundo real, en la sociedad donde se desenvolvía a diario.


Dos meses y cinco encuentros después, el mancebo desapareció tan enigmáticamente como había llegado.  Sólo entonces cayó en cuenta de que no sabía nada de él, ni su nombre, ni su dirección ni su vida.  Era un fantasma del inframundo, un demonio que la había enamorado llevándola a abandonar a su esposo, sus sueños y sus metas a largo plazo.  Ahora se sentía vacía, como si le hubiesen succionado la vida, estaba mustia, cansada y ansiosa.  Sus días se hicieron tristes, infinitos y aburridos.  Estaba enamorada de un ser inexistente, un animal encarnado en figura humana que la había poseído hasta la desesperación y ahora la dejaba a la deriva para que se perdiera en el mar profundo de su desamor.

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